XII. un otoño constante.


Siempre me gustó escribir. Recuerdo, cuando era pequeño, estar sentado al final de una empinada y ancha escalera de acceso a un ambulatorio. Al lado de unas puertas pesadas de hierro verde y cristal adornadas en bronce. Copiaba compulsivo, en un bloc de notas sobre mis rodillas, lo que me sugería la gente que subía quejándose o cuando salía comentando con la receta en la mano. Y escribía cada relato imaginado y lo guardaba en casa, en una caja de latón de caramelos que escondía como un tesoro. Luego, quemaba cada historia en un cenicero grande de color azul claro que tenía mi padre en casa: si se quemaba todo el papel, no se curaba y se moría; y si se quedaba algún trozo, se ponía bueno. Reconozco, que en mi ignorante consecuencia, a veces soplaba o no. Luego, copiaba en una lista el resultado y cuando veía a la persona por la calle o en el ambulatorio comprobaba mi poder y mi adivinación. Así, nació mi curiosidad por las vidas de los otros que rellenaba con la imaginación. Así, me distraía de mi mismo.

Nunca he emborronado la puerta de un servicio de una gasolinera, del colegio o luego de la facultad con gritos insulsos o proclamas; pero si he llenado mis bolsillos con servilletas de bares sobre las que escribía frases sin rima y cuentos sin principio.

Nunca, excepto una vez. Continuar leyendo


XI. Ya estoy en casa…


He dejado caer la cabeza en el contenedor verde que está detrás de la catedral. Mientras lo mantenía abierto, pisando la palanca con el pie, la bolsa ha caído amortiguada entre otros restos, dejando un ruido de plásticos arrugados. Luego, me he ido a un “punto limpio” que está en un pequeño descampado en frente de los jardines de La Galera para tirar los brazos.

Antes, mientras atravesaba la Plaza Alta, me he cruzado con una pareja de tías con estética punk. Un galgo marrón de manchas blancas que llevaban a su lado se ha acercado a olerme las bolsas, hasta que le he asustado con una patada al aire:

–          “¡No te asustes chacho, qué no hace nada!”, me dijeron entre risas.

–          “¡Putas guarras!”, les contesté entre dientes con una sonrisa. Continuar leyendo


X. La despedida

Mi compañero de piso vive dentro de un chándal gris, tumbado en el sofá viendo la tele o delante de su portátil navegando por las redes sociales. Lleva dos años haciendo ningún esfuerzo para sacar las asignaturas pendientes y terminar sus estudios de la licenciatura de Económicas. Con la excusa de la crisis, no relaciona terminar su carrera con encontrar trabajo. Mientras, se ha apuntado a los dos viajes fin de carrera y sigue viviendo cómodamente del sueldo que cada mes le envían sus padres a su cuenta corriente. Sólo tiene que acercarse al cajero 4B más cercano y sacar cash para su vida de estudiante parásito.

Nos conocemos desde la infancia y son muchos años compartiendo colegio, vacaciones, piso de estudiantes durante la universidad… e incluso alguna mujer. Nuestras familias ya se conocían desde hace mucho y estábamos condenados a llevarnos bien. Vive obsesionado con el sexo femenino y enganchado a internet, al gimnasio, a las motos y al fútbol. Continuar leyendo


IX. …tan cachonda.

–          “¡Hijo de puta!”, dije lentamente y con rabia releyendo el mensaje.

–          “¿Qué pasa?”, me pregunta mi amigo mientras come una aceituna machá verde.

–          “¡Tú qué crees…!”, le digo mientras le enseño la pantalla del móvil con el sms. “¿te puedes creer que ahora no venga este cabrón?”

–          “Pero, ¿no hacía ya tres fines de semanas que no os véis?”

–          “Y más este finde, que sabía que para mí era especial…”, me quejo

–          “Ya, cariño; y lo has empezado de forma muy especial la noche de ayer…” Continuar leyendo


VIII. Su regalo

Desde que entré en el edificio a las ocho menos cinco y subí las 11 plantas en el ascensor, imaginaba encontrarme con ella. Pero, nada más llegar, tenía una comunicación en el ordenador sobre mi jornada de hoy: un curso de valoración de puestos de trabajo.

Estamos convocados sólo cuatro y yo: dos de los tres compañeros con los que comparto despacho y mesa, otro que es nuevo y que conocí ayer por la noche y nuestro jefe de equipo. Tres chicos y una chica. Dos gilipollas, un pringado y una insulsa. Continuar leyendo


VII. 1bs. TQ

 

Suena puntual el telefonillo. Al final, he quedado con mi amigo para ir a comer. Tenía una llamada suya y un mensaje en el móvil y no me apetecía quedarme sola en casa comiendo dulces y tumbada en el sofá.

No sé como lo hago, pero siempre me tienen que esperar.

–          “Estoy en cinco minutos, ¿quieres subir?”, le digo por el interfono.

–          “No, prefiero esperarte. Ya te vale; mira que has tenido tiempo…”, me  contesta cabreado.

Como ayuda el maquillaje para camuflar por la mañana los efectos de la noche anterior. El calor acompaña y me he puesto la minifalda de cuadros rojos escoceses, mis botas altas negras con las que estoy tan cómoda como en zapatillas de casa, la camiseta blanca pro-ecologismo con la cabeza del lobo y mi cazadora vaquera. “¡Estás guapa!”, me piropeo tirándome un beso en el espejo del hall de casa antes de salir: ya es un ritual. Descuelgo de la percha mi bolso retro de Pucca que me compré por internet y  guardo mi blackberry rosa. Continuar leyendo


VI. Blow-up

Se apagaba la noche. Caminaba lento mi regreso al hotel. No quise llamar a ningún taxi. Prefería pasear y recordar cada detalle, para regresar a cada instante vivido en la habitación que había dejado unos minutos antes. Hacía una ligera brisa y sentía el viento cambiante en la cara.

Me gusta el sabor agridulce de las despedidas: son la nostalgia imposible sobre la duda de lo que hubiera sido, pero también son la invitación a otros encuentros. Soy un curioso de las emociones y provoco a mis entrañas para descubrirme en reacciones incómodas. Y  sentir el vértigo de un funambulista sin red haciendo equilibrios por una incertidumbre buscada. Continuar leyendo